martes, 12 de septiembre de 2017

Arte y poesía, conmoción en lo abierto.

Fotografía de Laura Rivera

      Pasamos frente a los objetos con prisa, tomados por la rutina cotidiana. Reducimos las cosas al rigor del uso y las manipulamos casi sin mirar. Sin embargo un humilde recipiente se puebla de alma, se abre a ese instante en que el artista suspende el tiempo para que podamos evocar lo efímero.
     Desde sus distintos lenguajes, las artes plásticas y la escritura poética comparten la experiencia y transmisión de la emoción estética. Esta donación solo es posible pues el verdadero artista sabe hacer que su experiencia, una impresión individual conmueva lo universal, que un simple objeto arroje una luz nueva. Logra que allí algo nos hable.

     Rilke designa como “lo abierto” ese instante  en el cual sin que un límite haga obstáculo, lo seres y las cosas entran al espacio de la percepción pura.  Citamos La Octava Elegía de Duino: «Toda en sus ojos mira la criatura/ lo abierto. Solo nuestros ojos/ están como invertidos y a manera de cepos/ alrededor de su mirada.»

     Siguiendo a Gérard Pommeir «Lo abierto remite a esa experiencia de lo infinito en lo finito, es ese momento en el que  a partir de una mirada dirigida a una cosa simple,  todo es aceptado, consentido... Lo abierto aparece cuando tomo una palabra en el hueco de mi mano y cuando  espero.»

     Cuando el artista capta ese instante,  la mirada poética desoculta la verdad del ser. Así  lo plantea Heidegger  en Nacimiento de la obra de arte.  Desde allí  reflexiona sobre la pintura de Vincent Van Gogh,   Un par de botas, su óleo de  1887. Nos muestra cómo la obra de arte va  mucho más lejos que la mera representación realista de un objeto y devele una verdad. El artista logra plasmar una época, la dimensión social del trabajo del campesino y su lazo con el entorno. La mirada del pintor recupera una presencia humana y revela así el ser-utensilio del utensilio:

   «…en la oscura boca del gastado interior del zapato está grabada la fatiga de los pasos de la faena. En la ruda y robusta pesadez de las botas ha quedado apresada la obstinación del lento avanzar a lo largo de los extendidos y monótonos surcos del campo mientras sopla un viento helado. En el cuero está estampada la humedad y el barro del suelo. En el zapato tiembla la callada llamada de la tierra, regalo del trigo maduro, su enigmática renuncia de sí misma en el yermo barbecho del campo invernal.»

     Habitamos lugares que impregnamos con nuestro color y forma sin saberlo. Solo resta que algo nos conmueva para volver a mirar. El registro fotográfico de un rústico botellón, poblado de pequeñas floraciones crea una atmósfera de intimidad, se abre en un momento de vacío para que la imagen espeje nuestra interioridad en la escena.

   Llega entonces a nosotros como un eco, la experiencia y donación del verdadero artista.




Bibliografía

-Heidegger, Martin: Nacimiento de la obra de arte México, FCE, 1978
-Pommier, Gérard: La excepción femenina. Ensayo sobre los impases del goce. Alianza Estudio. Buenos Aires 1986  Montevideo.
-Rilke, Rainer María: Las elegías de Duino. Colección Poesía Mejor. Editorial Centauro.
-Rivera, Laura: Bodegones blanco y negro. http://laurariverafotografias.blogspot.com.ar



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